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MI VASO

Tengo sed.

El camino es largo y áspero, y no tenemos vasos en el camino.
Más que en la garganta, en la mentalidad de casi todos los caminantes hay una sed no natural que les hace hablar repetidamente de los vasos; y por la conversación de cada uno puedo conocer de qué manera hacían uso del vaso antes de emprender esta jornada.
Somos pocos los que tenemos un vaso separado para uso personal; yo no tomaría en un vaso ajeno, pero no faltan quienes, si bien se ofenderían al saber que alguien tomó en el suyo, no tienen escrúpulo en llevar a escondidas la boca al vaso de otro. Muchos son los que tomaban en cualquier vaso; acostumbrados a los vasos públicos, iban por bares y cantinas recogiendo y propagando suciedad continuamente. Y para colmo, los hay que tenían varios vasos para comerciar con los locos de sed.
Tres son las jornadas del camino y apenas vamos por la mitad de la primera. Tal es el ofuscamiento, que muchos no vacilarían en aprovechar cualquier vaso inmundo que apareciera de momento. Casi todos, como último recurso, usan las manos para beber; y no faltan quienes, descendiendo a las charcas, toman agua donde sólo es lógico que beban las bestias.
En medio de tanto desatino, tan sólo unos poquitos conservamos el juicio, aunque también sintamos sed. Tenemos resistencia suficiente para llegar hasta donde están nuestros vasos; y aun dos o tres que todavía no tienen, esperan para llegar y adquirir uno.
¡Mi vaso! ¡Cuanto quiero a mi vaso! Lo quiero, no sólo porque en él bebo, sino porque me gusta mi vaso. No me atrevería a usar otro a menos que mi vaso se rompiera; y quiero que no se rompa hasta después de mi muerte, porque, ¡Ay! ¡Cuánto me dolería si viera roto mi vaso!

Ev. B. Luis, U.M.A.P., mayo de 1966

NOTA:
Si no ha podido captar el sentido de lo que acaba de leer, léalo nuevamente teniendo en cuenta que la palabra vaso equivale a esposa o mujer, y que las tres jornadas del camino son los tres años del Servicio Militar Obligatorio.